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El comportamiento suicida es el lado oscuro del cerebro y, agrego, de la sociedad, como lo es el agujero negro del espacio sideral, “un espacio donde la gravedad jala tanto que ni siquiera la luz puede salir”, donde “la gravedad es tan fuerte porque toda la materia se ha metido en un espacio muy pequeño – lo que ocurre cuando una estrella está muriendo”. Casi una metáfora de la muerte por suicidio. La sociedad es el espacio “tan pequeño”, el espacio que se le cierra a los demás, ya sea por falta de empatía, por sentido de superioridad, por burla a la propia ignorancia; ya sea por otras degradantes y cruentas posturas del comportamiento humano, como son: el matoneo, el abandono, la inequidad, la injusticia, el materialismo, la hipocresía, el narcisismo epidémico. “You name it”, todo lo desagradable en las relaciones humanas.

El desencuentro en la oscuridad lleva a la desesperanza en sociedades duras, sin empatía ni amabilidad, constituidas por gente que se mira al ombligo o que, por ningunear a los demás, por buscar la paja en el ojo ajeno, no se ve la viga en su propio ojo.

Hace varios meses escribía sobre la data colectada por dos prominentes economistas de la Universidad de Princeton, presentada en el texto Deaths of Despair, donde revelan que, en los Estados Unidos, los niveles de educación por debajo de los grados que confieren un título para una labor, se relacionan con las más altas cifras de suicidio en ese país, entre hombres y mujeres blancos no caucásicos, en la mediana edad de 45 a 54 años. ¿Es la oportunidad o una deficiencia cognitiva la responsable? Una sociedad más justa, equitativa y amable es una transformación necesaria para mejorar esta crisis de salud pública. No quiere decir esto que se abandonen otros tratamientos ni se exploren otras situaciones. En suicidología, no todo es enfermedad mental, pero ocupa un lugar preponderante en nuestra cultura occidental.

Pero yo quiero volver al lado oscuro del cerebro para confrontar la desesperanza y la muerte con la vida llena y feliz. Los conocimientos de la medicina, puntualmente la psiquiatría, la psicología, la sociología y la antropología son parte de lo necesario para mejorar la salud mental de las personas. También lo he señalado antes. La neurobiología del comportamiento suicida nos señala cuatro aspectos significativos: una predisposición, que es la mediadora de la vulnerabilidad al comportamiento suicida; esta predisposición interactúa, toda la vida, con elementos del medio ambiente llamados estresores, p.ej. la impulsividad y la agresividad, interacción que modifica tanto la estructura como la función del circuito neuronal cerebral; y, como resultado, el individuo está mayormente predispuesto a morir por suicidio. En resumen, los comportamientos suicidas son, como lo señala Kees van Heeringen, “manifestaciones complejas de la interacción entre múltiples factores genéticos y ambientales”, donde los estudios genéticos decepcionan frente a un considerable número de estudios epidemiológicos, que sugieren un rol a la herencia familiar.

La sociedad del consumo y del espectáculo, la miopía social calificada como narcisismo epidémico, requiere de un estricto escrutinio moral y ético para cambiar el resultado de tanto abandono, prevenir los adversos eventos de la infancia, que no pocas veces, se extienden a la vida del adulto, y favorecer un acercamiento psicológico positivo que reconstruya al individuo para darle sentido a su vida, una vida de felicidad y llena de entusiasmo. La miseria y la tristeza se vienen entronando desde los primeros años de vida de la persona. El hecho de recurrir y contentarnos con tener las cifras de muertes por suicidio nos revela un alejamiento del verdadero problema de la salud pública, el comportamiento suicida: el pensamiento, el planeamiento y el intento de morir por suicidio.

En la atención a los factores sociales de riesgo está el éxito en la prevención del suicidio. Estos actores psicosociales son el pobre o no acceso a la educación y a la salud, la violencia en la calle y en el hogar, la discriminación social y el aislamiento, el uso de drogas adictivas, más tarde los obstáculos al mercado del trabajo, las serias dificultades financieras, los estigmas sobre la diversidad sexual y sobre el suicidio. Todos ellos contribuyen a una pobre o mala adaptación social que perenniza el uso de instrumentos o mecanismos dañinos contra la sociedad, desde afuera y dentro de ella. Es esencial reconocer que el solo reconocimiento de estos factores psicosociales de riesgo no es suficiente si no se ofrecen oportunidad a factores de protección, como la integración social, el apoyo de la sociedad, el acceso a centros de salud mental, el reconocimiento de las bondades del individuo, como sus talentos y su inteligencia, lo positivo de sus experiencias que descubren su amor por los demás.

Debemos reconocer el valor de la empatía y de la gratitud, como factores protectores en el crecimiento de la persona. La empatía, como bien lo afirma Frans De Waal, requiere nuestra atención del Otro y sensibilidad por sus necesidades. La gratitud es otro afecto, la cualidad de estar agradecido, de mostrar aprecio. La evidencia prueba cómo las variables psicosociales como el sentido a la vida y las razones para vivir, junto a otras como la autoestima, el apoyo social y el valor humano se constituyen para mediar entre la gratitud y el suicidio.

No pasemos por alto el hecho de que el suicidio parece ser único del ser humano, del primate bípedo. Sin embargo, el sentido de la mortalidad no es única del hombre, también lo tienen los grandes simios u homínidos: los bonobos, los gorilas, los orangutanes. Ellos tienen familiaridad con la muerte y con la pérdida, y responden ante un cuerpo inmóvil buscando signos de vida, incluso guardan silencio y se toman de las manos frente al muerto, como lo ha observado en innumerables ocasiones el primatólogo De Waal, pero no mueren por suicidio. ¿Por qué, si sus vidas socioemocionales son muy similares a las nuestras, los otros homínidos? Aunque parezca, esta pregunta no es equivalente a aquella de ¿por qué una persona en una situación particular opta por morir por suicidio mientras que otra, en la misma situación, no considera esa opción?

Hay que buscar la respuesta en el lado oscuro de nuestro cerebro. ¿Quizás aquellos homínidos están menos expuestos en su infancia a eventos adversos? ¿Quizás aquellos homínidos fueron fortalecidos más temprano o mejor en sus vidas, por los factores protectores? O, ¿todo depende de puntuales factores cognitivos?  Publicado en el diario La Prensa de Panamá, el viernes 16 de febrero de 2024

 

Pedro Ernesto Vargas, M.D., F.A.A.P.

El autor es médico pediatra y neonatólogo.


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