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Como ciertamente lo señala Bonita F. Stanton, profesora de Pediatría en la Escuela de Medicina, en Nutley, New Jersey, “un alto porcentaje de nuestra fuerza laboral pediátrica, está comprometida con el servicio a las necesidades de los niños, donde sea que estén”.

Desde Elián González, el “balserito” cubano rescatado de las aguas del golfo de la Florida, asido a una llanta, a los 6 años de edad, sin su madre, quien varias horas antes habría muerto ahogada en la búsqueda de las costas de Estados Unidos, con su hijo y sus esperanzas, sin su padre, plantado en su tierra cubana, Elián sufre un largo camino de separación y pérdidas, antes de ser arrancado a fuerza de fusiles, de los brazos de un tío, su custodio en Miami, para ser entregado de vuelta a su padre en Cuba. Desde entonces y antes, los inmigrantes irregulares hacia Estados Unidos y otras regiones del continente, se les califica de delincuentes, se les roba, se les engaña, se les atemoriza, se les maltrata, se les viola sexualmente, se les enloda su origen y su nombre, se les arrastra por senderos de indignidad. El tapón del Darién nos ha permitido conocerlo. No son cuentos, son tragedias. Solo migrantes regulares, con cientos y miles de millones de dólares robados a sus conciudadanos y otros, son recibidos con venia y sala.

Es hora nuevamente de golpear las conciencias. Ya se hizo en los años de la administración del tristemente célebre Donald Trump, útero de mentiras y oprobios, cuando inventaba “niños migrantes no acompañados” separándolos con propósito, enviaba a cárceles a los padres y a los hijos a centros de detención que parecían jaulas. Los instrumentos para perseguir eran ignominiosos, por ejemplo, utilizar la probada imprecisión de radiografías dentales para estimar la edad de los niños y mandarlos a centros de detención de adultos. Niños y adolescentes con crisis postraumáticas de ansiedad y depresión por los abusos de la separación, drogados con medicamentos psicotrópicos o estupefacientes, muchas veces no indicados, con dosis inapropiadas para sus edades y tales crisis, llevados a juicios frente a jueces de un sistema judicial para adultos para declarar repetidamente sobre las mismas preguntas y encontrar así alguna inconsistencia, debido a la edad, a los miedos, al desconocimiento, pero suficientes para deportarlos a sus países de orígenes. Delitos de lesa humanidad cometió esa administración a los ojos de sus conciudadanos y del mundo con poca autoridad moral para rechazarlo.

Se ha calculado que 7 de cada 10 niños en tránsito en América Latina y el Caribe tienen menos de 11 años de edad. La separación de los niños de sus padres tiene efectos catastróficos sobre su desarrollo físico y mental. Aún peor, si estos niños ya vienen sufriendo un cúmulo de adversidades. No es abuso ni negligencia transitar con niños a pesar de los peligros. Como lo recuerda Kayris, “la negligencia ocurre cuando uno de los padres falla en lograr las condiciones y recursos para que el crecimiento y desarrollo del niño no se afecten negativamente. La pobreza que lleva a este fracaso, debe separarse del acto de omisión.”

No es un mito el rechazo generalizado de las poblaciones a los migrantes y a la migración. Incluso dentro de poblaciones de migrantes. Es una postura desafortunada que nace desde la confrontación de clases sociales y privilegios económicos que suelen explotar sectores de la ciudadanía con intereses ideológicos y políticos dañinos, con definiciones de soberanía, que incendian con propósito malsano a las personas. Por el otro lado, el componente cultural de este comportamiento puede y debe ser modificado por la educación temprana.

Es imperativo que, desde la escuela secundaria, si no antes, se eduque en los colegios públicos y privados, sobre migración, sobre el daño que la separación, el desalojo y el maltrato al migrante produce en la persona que transita, sea adulto o sea niño. El pobre currículo de materias sociales y de cívica de nuestras escuelas tiene que ser revisado para incluir materias como esta, a la par que aquellas sobre cívica e historia nacional desechadas por iniciativas equivocadas. Los argumentos contrarios a la migración y a los migrantes se pueden revertir a pesar de aquellos intereses políticos. Lo viene haciendo por varios años, Nancy Berlinger con sus clases a estudiantes de escuelas públicas de secundaria, residentes del Bronx, el distrito con menos salud en el estado de New York y con más de una tercera parte de personas nacidas fuera de Estados Unidos y un número importante de migrantes latinos.

El migrante es una persona, es un ser humano, y migrar no lo convierte en delincuente, ni siquiera porque la migración sea irregular. Migrar es un derecho. Muchas son las razones por la cual el traslado se hace de forma irregular. No migran por las mismas razones los haitianos que los venezolanos, los ecuatorianos que los salvadoreños, los colombianos que los brasileños. Los delincuentes están en el otro lado de la acera. Desde los que gobiernan de forma autoritaria y antidemocrática, desde las bandas de maleantes y bribones en las calles y pueblos de nuestra América, hasta los que venden promesas falsas, crean situaciones ficticias, amenazan y aterrorizan como todo terrorista, abusan física, emocional y sexualmente a los migrantes. La crueldad como se trata a quienes migran es indignante. Cuando esa crueldad no se detiene frente a los niños y las familias, callar no es solo cobardía, sino complicidad.

El primer gran problema que existe es considerar la migración como un delito, es un derecho. Tampoco es cierto que la existencia y observación de los Derechos Humanos es la causa de las violaciones de las fronteras. Este argumento es de los eternos enemigos de la justicia y de la libertad. De los que creen que todo se tiene al alcance de la mano y quien no lo alcanza es por vagancia y desinterés. Es cierto que la migración requiere regulación, y también es cierto que el cumplimiento de la ley no tiene porqué contravenir el tratamiento humano y las prioritarias consideraciones de humanismo. Es necesario reconciliar, como lo dice Kenneth Henley, las virtudes del humanismo, la benevolencia general, con el respeto a la regla de la ley, y cita a Hume, para quien “humanidad es una virtud, una forma mental, que responde con compasión mediante la simpatía (empatía, en los términos de hoy día) por el sufrimiento (o la felicidad) de los otros”. Los migrantes necesitan solidaridad, no persecución.

Las regulaciones actuales se han manufacturado con el migrante adulto en frente y con la intención punitiva, no la administrativa, en sus enunciados. Lo advierte James A. Stockman III: “el reconocimiento de las necesidades particulares y únicas de los menores que migran debe ser considerado como parte de reformas migratorias integrales”. No podemos ignorar, como lo puntualiza Julie M. Linton que “las leyes políticas migratorias, así como los medios y el discurso del público, tienen un efecto directo y significativo sobre la salud y el bienestar de los niños y familias que migran”. Estamos en la hora de corregir y ser mejores con el Otro. Las comunidades no pueden dejarse por fuera de la necesaria integración de mentes para una mejor regulación, que honre la solidaridad, la justicia y la ética.

El autor es médico pediatra y neonatólogo.


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