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“La enfermedad es el lado oscuro, la noche de la vida”, ha escrito magistralmente la desaparecida Susan Sontag, y continúa: “Cada uno de nosotros nace con una doble ciudadanía, una en el reino del bienestar y la otra en el reino de la enfermedad”. Mientras escribía su libro, Susan sufría de cáncer y las metáforas sobre ciertas enfermedades flaco favor le hacían a los pacientes.

La metáfora consiste en culpar de estos males a la corrupción y las injusticias de la sociedad, fórmula de Dios para castigar los pecados, puntualmente la tuberculosis y el sida. No es necesario recordar los juicios moralistas contundentes sobre los enfermos de sida, donde incluso el racismo asomaba su lúgubre cabeza y el amor cristiano ebullía burbujas hervidas para romperse todas y desaparecer. Total, se estaba en las puertas del infierno. También deshonrosas -y todavía para algunos grabados en las cuevas del Australopithecus afarensis – eran y son la lepra, la muerte por suicidio y, con ciertas distancias, la obesidad.

¡Cuánto se hace y se ha hecho para perder kilos! La mujer siempre bajo más presión, desde su familia hasta sus amigos, pasando por sus enemigos; desde la pubertad hasta la madurez o más. Tanto en la casa como en la escuela, a la obesidad la acompaña el matoneo (“bullying”), con graves consecuencias: depresión, ansiedad, anorexia, bulimia, intentos de morir por suicidio y experimentos locos y peligrosos, sin ninguna guía ni supervisión más que la “sabiduría” de Google y similares. Los caminos son variados y muchos para perder peso y años: las dietas, los fármacos que inducen anorexia o desinterés por el alimento, los dedos en el fondo de la garganta, las diarreas inducidas y las enemas, las fórmulas mágicas de comer sin balance nutricional ni alimentos, el botox intragástrico y, ahora, las popularizadas inyecciones con drogas para perder peso. Fluye por las calles con mayor fluidez que el congestionado tráfico: sin necesidad de receta, sin control de drogas, sin manifestación sanitaria alguna del rector de la salud nacional.

Ozempic es un nombre para la semaglutida, quizá la más conocida de estas drogas anorexiantes, aprobada solamente para diabetes tipo 2, y que se usa fuera de autorización para la obesidad. Es importante reconocer que la pérdida de peso con Ozempic se consideró como un efecto adverso del medicamento para tratar la diabetes tipo 2. La presentación disponible aquí (aunque ya escasea en los anaqueles de las farmacias y recetarios) es para inyección subcutánea. Las dosis semanales que se usan en la calle varían según el apuro o urgencia del cliente y se inyectan preferiblemente en el abdomen. La inyección subcutánea duele menos que lo que duele pagar por cada dosis semanal y quizá menos que la cirugía bariátrica.

Esta droga tiene una forma de actuar interesante. Se utiliza en la diabetes tipo 2, aquella donde la insulina del páncreas no funciona bien o no se produce en cantidades suficientes y consecuentemente impide que el cuerpo regule y utilice el azúcar como fuente de energía: no se produce insulina suficiente y las células no responden a la insulina, con lo que no se cubren los gastos de energía. Esta medicina activa la síntesis de insulina y con ello mejoran y regulan la diabetes tipo 2. También reduce el peso; un 15% a 20% del peso en algo más que el 30% de quienes lo toman o alrededor de 35 libras de reducción del peso en un grupo de adolescentes. Su efecto retarda el vaciamiento gástrico y los deseos de comer, reduce la presión arterial, reduce el colesterol total y tiene muy buenos efectos sobre la función del músculo cardíaco y la irrigación de las arterias coronarias. Pero esto significa que no se logra ese efecto que se busca en un 70% de quienes se lo inyectan.

Su interés rebasa el producido por el Botox y por el Viagra. Sin embargo, “la revolución de la droga de perder peso es un milagro y una amenaza”. Ya se experimenta en Estados Unidos dificultad para que los pacientes diabéticos encuentren disponible el medicamento. Su costo es elevado y, al aumentar la demanda, seguro que los costos aumentarán. Algunos han informado de que el Ozempic produce envejecimiento del rostro y flacidez de los tejidos, quizá porque la pérdida de peso rápida lleva que el rostro se demacre. Entre los efectos adversos más frecuente están náusea, vómito y diarrea con riesgos de deshidratación aguda y daño a los riñones. Episodios leves de hipoglicemia han de esperarse precisamente porque el Ozempic reactiva la insulina.

El uso de este medicamento está contraindicado en personas alérgicas a él y durante el embarazo. Las personas con enfermedad gastrointestinal crónica, como la enfermedad inflamatoria del intestino, la gastroparesis y en pacientes que han sufrido pancreatitis aguda. Su uso debe ser consultado con especialistas médicos y su venta libre en las tablillas de las farmacias (OTC) debe prohibirse.  Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el 5 de mayo de 2013.

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