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Las religiones son doctrinas constituidas por un conjunto de principios, creencias y prácticas sobre cuestiones de tipo existencial, moral y espiritual. En sentido figurado, como lo uso en este escrito y cuyo título tomé prestado de una conversación, religión puede usarse para “significar que se cumple con una actividad o una obligación de forma constante y rigurosa”. Esta forma figurada puede ser una de cumplimiento al nivel más básico o primitivo, más rudo y áspero, altanero y atrevido, algo como el volumen del músculo lastimado, con fibras quebradas y sin rigurosidad, sino emoción analfabeta.

Todo movimiento religioso, como lo señala el vicario general de la diócesis de Toluca, Guillermo Fernández Orozco, tiene el riesgo de desembocar en el fanatismo, fomentando una ciega obediencia a sus voceros más importantes o visibles y a sus líderes. Esto lo observamos en los deportes que llenan estadios y en política e ideologías perversas que zarandean cuerpos en un régimen disciplinario. Pero hoy, la digitalización nos atonta, no nos impone, con tanta información y comunicaciones por unidad de tiempo, que no hay ser humano que las pueda retener y, mucho menos, hacerles un análisis crítico, con lo que se facilita la distorsión y la divulgación de lo falso. Y, peor, nos hace creer que somos más libres y autónomos.

Por eso, confrontar los hallazgos y verdades de la ciencia, aunque más tarde sean cuidadosa y seriamente cuestionadas, frente a una cloaca retroalimentada de falsedad y vulgaridad, no es un ejercicio académico. Cuando en la balanza están la razón y la emoción, siendo la pasión el fiel que inclina los platos de la balanza, el uso de la mentira sobre los hechos, a todas luces inmoral, no es nada difícil. El pasto exuberante es vasto en ignorancia voluntaria y desconocimiento. La infocracia nos somete. El fanatismo por la falsedad y la mentira es lo que preocupa y desde hace varios años, precisamente en plena era de la información y la comunicación. No ha sido solamente desinformar; es una religión y religioso, falsear y lucir ignorante.

Fanatismo se deriva del latín fanum, que quiere decir templo, pero el fanatismo “no se agota en las religiones”. La política y la ideología están cercanos a procrear fanáticos y convertirse en baluartes de la violencia. En la política se extiende a la adoración del líder, del caudillo; en las ideologías, a ideas ciertamente superadas que se resucitan porque su resurrección sorprende, o con el propósito de que la estupidez -por su altísimo grado de insolencia- anide en el cansancio. Pero el fanático, el político como el ideológico, se vuelve contra la sociedad, no la reconoce porque le estorba y se toma la sociedad o trata de tomársela, no importa que sea a la vista de todos y contra todos. “El fanático atropella a los congéneres, los quiere convertir a su credo a toda costa e incluso se pone agresivo con los que no aceptan su modo de ver la (su) religiosidad”, nos dice Alberto Benegas Lynch.

En la pandemia, entre la burla y el desprecio, no solo por la verdad sino también por las gentes, divulgar falsedad tiene un ciclo de boomerang. En marzo de 2021 se advirtió que era falsa la información que divulgaba un video viral en el cual se afirmaba temerariamente que el SARS-COV-2 no había sido aislado, purificado ni secuenciado, es decir, no se le conocía su código genético.

El domingo 4 de diciembre de 2022, un diario de la localidad, honrando la libertad de desinformación, permitió la publicación calcada de tal video con el agravante que su autor es un médico. Agravante, porque él sabe que el 12 de enero de 2020, China publicó la primera secuencia del SARS-CoV-2, uno de los elementos de colaboración científica por los cuales se logró crear una vacuna prontamente, y que de allí siguieron miles de análisis sobre la secuencia del nuevo coronavirus.

Aparte de instrumentar la mentira, el fanatismo celebra la ignorancia y, como resultado de esa celebración, instrumenta la violencia. Para no estar lejos, recordemos el asalto al Capitolio de Estados Unidos, el 6 de enero de 2021; la reciente violación a la residencia de Nancy Pelosi, que resultó en fracturas de cráneo y hematomas cerebrales a su esposo Paul Pelosi; la campaña política del tristemente célebre senador republicano Rand Paul -el mismo calificado con 0% por la Asociación Americana de Salud Pública de los Estados Unidos- en base a crear un segundo juicio de Nuremberg contra hombres y mujeres de ciencia, entre ellos, el doctor Anthony Fauci, cuya credibilidad no pudo acallar, sino con panfletos venteando el denso ambiente del Congreso, con falsedades e interpretaciones maliciosas, interrupciones verbales y altaneras, documentación abanico, como vemos en nuestra Asamblea, y odio en los ojos y la boca.

El fanático es un narcisista cuyo estado mental es rayano en la esquizofrenia, en la que la realidad es la suya, y para eso la califica de alternativa. La “ambición por la sociopatía”, término de Rauch, parece ser el denominador común de los creadores de conspiraciones y conspiradores de la historia del “siglo XX corto”. En el campo político, Lenin, Mussolini, Hitler, Putin, Orbán, Duterte, Bolsonaro, Erdogan, Ortega, Maduro, Trump y alguno otro que me olvido nombrar; en las ciencias, no pocos farsantes y falsificadores en varios continentes.

Hoy confrontamos un riesgo de estar en lugares donde no se comparten, como dice Rauch, los hechos, donde se ha perdido la fe en los propios hechos, como señala por su lado, Han. La capacidad de discernir ha desaparecido, por lo que confrontar el conocimiento con refutaciones sensatas y racionales es imposible, y hay maneras ocultadas de hacerlo. Vivimos una crisis de la desinformación y el troleo se alcanza con discursos no solo falsos, sino discursos de odio. En su capítulo Troll Epistemology: “Flood the Zone with Shit” (Epistemología de la mentira: “Inunda la zona con mierda”), el necesario Jonathan Rauch cuestiona “la idea de rendirle cuentas a la verdad y, por tanto, la responsabilidad de corregir el ‘record’, de un ambiente donde no se podía y no se puede contar con los hechos públicos, siempre a riesgo del uso consuetudinario de la mentira”.

Si hubiera existido tolerancia y pasión por el conocimiento, la Inquisición no hubiera prosperado. Y si se exigiera rendición de cuentas y sanciones, como Rauch recuerda que se preguntara Platón, ¿habría hoy corrección y moralidad en el manejo de la mayor parte de las situaciones que irrumpieron delictivamente durante la pandemia? Seguro, pero en el régimen de la información no se piden cuentas. A la imprenta se le da la paternidad de la ilustración, a la creación de redes y la digitalización, la de un nuevo oscurantismo, con el propósito de instalar un régimen que, a pesar de lo fugaz de la información, permite la imposición para borrar la verdad, como señala Byung-Chul Han, en la sociedad de la información posfactual, “la verdad se desintegra en polvo informativo arrastrado por el viento digital”.

Así como quien se opone reciamente a la vacunación, conoce sus beneficios y se vacuna, así quien socava la diferencia entre la verdad y la mentira, quien miente, conoce la verdad. Sin embargo, sus seguidores no la conocen, pero esa ignorancia es su religión. Trump, por ejemplo, conoce bien que Biden ganó las elecciones. Pero también conoce que la única forma de mantener la mentira de que no las ganó, es no perder su conexión con la verdad. Sus seguidores, que lo ignoran, señalado por Han, ciegos ante el hecho y la realidad, se constituyen por ello en más peligrosos para la verdad, que el mentiroso. Esto solo ocurre en un régimen de la información, donde la información asfixiante determina la vida de las sociedades.

Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el 9 de diciembre de 2022.

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