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Voy a iniciar hoy con la pregunta que se hace Italo Calvino en la nota Preliminar a su libro Las ciudades invisibles: “¿qué es hoy la ciudad para nosotros?” Cuando decidió publicar sus múltiples ciudades, intuyó que estábamos “acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana” y que soñar la ciudad es algo como un poema de amor o de deseo.

La ciudad nuestra y algunas otras ciudades visibles no son un sueño ni parecen ser un poema de amor. Muy lejos de eso. Pero hablemos de la nuestra. Esta ciudad nuestra, en el centro del mundo y corazón del universo, parece más bien desecha por el desamor, por la rapiña, por no me importa con los demás o ese no es mi problema, “eso de urbanismo y conservar la historia donde se hicieron relaciones y familias es una aguevazón”. Las calles hechas de cráteres -entre más tenga, más lucida de aventuras- que le alejan a los conductores la vista hacia adelante para detenerla, cuando puede, en dolorosos hondos huecos, que si no esquiva le destrozan su auto y si los esquiva atropella a las personas que las cruzan. Y las aceras, ocupadas por montes de basuras o hierbas descuidadas y altaneras, quebradas sus planchas de concretos por raíces escarbando vida mientras agonizan, de árboles marchitos o vetustos, sembrados en un arrebato de hortaliza, o sus empates hechos oscuras rendijas todavía amplias y trampas para el peatón, que no puede distraerse -si es que encuentra en qué- por el serio riesgo de caer en alguna de sus alcantarillas sin tapa o a la misma calle, donde el auto que se viene detrás o por delante no lo podrá evitar. Invito a caminarlas en cada barrio de la ciudad donde vives, yo en el barrio de San Francisco, el que Porras soñó como “el más lindo”. Su cielo interrumpido por horribles letreros y pantallas amenazantes, promoviendo funcionarios y mentiras o funcionarios mentirosos, nos mantiene condenados a la porquería.

Hay varias ciudades visibles en una sola. Y una sola en todas las ciudades visibles. No es necesario conocerlas al pie de la letra; basta conocer la letra al pie. Entre la memoria, el deseo y el cristal, las construyo porque alguien las dejó “a medio palo”, para irse a pescar en río revuelto.

Francisca, una ciudad sin museos ni bibliotecas o con solo alguna y con horario de oficina, no es una ciudad donde se aprende, ni de ella ni de otras. Su historia es tristemente famélica en los textos guardados, que se leían con guaricha. Luego apareció la especulación. Si al menos los puestos de billetes, los aparcaderos impuestos para carros oficiales o las estufas de gas para calentar meriendas no hubieran secuestrado sus horarios ni sus puertas de entrada, Francisca sería aquella ciudad planeada para ser la más linda, con calles y avenidas entrecruzadas y muy limpias, numeradas o mejor nombradas, para que nos cuenten el pasado; sembrada de árboles frondosos y verdes para los inviernos y de múltiples colores en los veranos; troncos fuertes contra los vientos y mareas, patios y parques para niños y familias. En su lugar, se dio prioridad a los nombres del partido y partidarios, al apetito de empresarios y funcionarios que llegaron a la banca 10 minutos antes de la hora de cierre de labores, para entregar espurios documentos autorizando cambios al plan de ordenamiento, transferencias a cuentas ya gordas de silencios y sin cédulas, rascacielos que se roban el paisaje, el agua y los espacios por donde andar, y, mientras se levantan, dejan el caliche y la basura tapando los drenajes del agua pluvial para convertir piscinas y cementerios de autos con cada lluvia y encharcar de aguas sucias a los peatones en las maltrechas aceras y casetas de espera del transporte público.

Mariela, una ciudad sin luz que no es la ciudad en penumbras, misteriosa, que invita a caminarla y saborearla, es una donde no ves al asaltante, solo lo sientes; una donde la brisa de la noche es miedoso silbido y es tormenta, donde al mar se le priva de la oportunidad de reflejarla como cristales de colores, nerviosos pálpitos, temblores y escarchas de nácar pintando la bahía. Ya no es la noche para enamorar y robar un beso o repartirse el frío o el calor. No la noche que trae el rumor del mar que muere en la playa entre espumas y sal. Es la noche donde ni siquiera la basura puede esconderse, donde el canto del mar te asusta, donde la memoria de qué estaba hecha la ciudad se deshizo entre el cincel y la pala del bulldozer para levantar sin cansancio, entre el denso polvo muerto, estas torres que en el cielo se encuentran para tapar la luz del día; ese día que sigue oscuro y donde bajo su manto de silencio y de negrura, se tejan listas tan negras como ella y reclamos de solamente sus sastres. Más allá y más cerca, descansan protegidas las fojas que se esculcan en otros tribunales del mundo y que hacen del istmo otra isla como aquellas que paren artificiales jurisdicciones y sonoras cornucopias de abundancias mal habidas.

Miguelina, una ciudad con basura cual tanque séptico, que flota o se erige mientras los olores le hurtan las formas y la gracia para entonces hacer montañas de papel o de aluminio donde encuentren refugio sus rápidas y ágiles, sus locuaces serpientes, alguna boa constrictor, varios lobos carroñeros, depredadores carnívoros de rostros temerosos y pezuñas hábiles para desgarrar cuanto objeto se esconde de su apetito, y otras aves de carroña, que se desprenden cada 5 años de sus cómodos habitáculos en las alturas lejanas y protegidos -guaridas donde no pueden pernoctar más de 10 años sin posibilidades de recoger nuevamente abundante podredumbre-. Ya llegan entonces con presas fétidas en sus grotescos picos, a lo que solo les falta se escape un cántico navideño, para maquillarles su inmundicia, el veneno a la razón y a la dignidad de sus huéspedes. Allí está su presa y sus riquezas. Las costillas del hambre no les detienen para terminar de comerse hasta los huesos.

Para mí, la ciudad que deseo siempre ha sido un espacio para compartir con otros de forma gentil y alegre, suelta y sin resabios mis gustos y los suyos, donde la armonía de cada piedra y cada portal, balcón o techo me regresa al pasado y lo cuente. Así, mi casa de campo. La ciudad que no cuenta su pasado nos amputa el gozo de orgullo ciudadano. El espacio donde me pueda desenvolver con facilidad, bien trazadas sus calles y avenidas, propiamente señaladas e iluminadas, tanto para mí como para extraños. Que el espacio limpio donde andar no se convierta en un partido de fútbol pateando latas y basura que el transeúnte produce; que ofrezca, a pocos pasos, tinacos para sacarlas de circulación. Un espacio donde pueda gozar colores, cantos y rumores, olores de los árboles y flores, trinos de los pájaros y la brisa del verano. Donde la mujer pueda ser bonita sin miedo; su sonrisa y sus movimientos tan bellos como un amanecer movido por el viento leve.

Esta descripción puede ser el sueño de lo que son para Calvino “las ciudades invisibles”. Las descripciones anteriores, ficción o realidad, según el lector, de las ciudades visibles, serían el resultado de una cultura sin valores, alimentada por el autoritarismo, la corrupción y la dejadez. Podemos convertirlas en las ciudades del amor y del poema, aunque hay que reconocer que el día que se triunfe sobre la impunidad, heredaremos de la ciudad -parodiando al mismo Calvino- “su larga ruina”.

Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el 2 de diciembre de 2022

 

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