4 de junio 1989, la masacre de Tiananmen

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“La masacre de Tiananmen” se gestó sin sospecharlo el 17 de abril de 1989, “mientras se hacía la transición de la era Mao”, tal cual lo recuerda Wang Dan, uno de los más connotados líderes estudiantiles de aquellas protestas (The New York Times Sunday Review: What I Learned Leading the Tiananmen Protests”, June 1, 2019).  Estudiantes de la Universidad de Beijing, dice Wang, se reunieron para dar el último tributo y despedida a Hu Yaobang, un jefe del Partido Comunista, quien había sido defenestrado por favorecer reformas occidentales.  Lo que siguió fue un atroz crimen ejecutado por 200,000 tropas entrenadas para matar, tanques arrasando gente pacífica y desarmada como basura para abalanzarse sobre miles de protestantes y rociarlos con balas de gran poder destructivo, hasta verlos caer en charcos de sangre.

 

Lo de Beijing hace 30 años fue una masacre, cuya conmemoración adquiere con los años una forma de enriquecimiento con las voces de sus sobrevivientes, no solo de la Plaza sino también de las manos de los esbirros carceleros de aquella satrapía que no conocía derechos humanos, dignidad, persona, ciudadano.  Tanques disparando contra las multitudes de estudiantes y pueblo que pedían un alto a la corrupción estatal, al enriquecimiento oficial y una apertura a las libertades con enmiendas a la constitución y al sistema; soldados armados con armas automáticas de alto calibre disparando a quemarropa, unas veces a ciegas otras con buena puntería, a manifestantes como a la población que miraba inmersa en la incredulidad y a las ambulancias que acudían a rescatar heridos; detenciones arbitrarias por solo preguntar cuál era la traición contra el Estado cuando se pedía adecentarlo, o, por qué tal respuesta violentísima contra jóvenes armados de ideales y verbo alto y valiente, desarmados.

 

En esta ocasión los protestantes eran universitarios educados, de las mejores universidades, no eran “maleantes”, como los identificara el partido y el régimen de entonces.  También eran la clase trabajadora y el pueblo apoyando a los estudiantes.  Y por ser jóvenes idealistas y hombres y mujeres de clase social no privilegiada, también recibieron el más salvaje castigo. La fotografía y la poesía fueron los vehículos que transitaron entre la oscuridad y el miedo en China para enseñarle al mundo por qué el silencio nos hace a todos cómplices de los estados corruptos y de los gobiernos autócratas que crecen bajo montañas de disidentes muertos.  Aunque solo una fotografía es icónica: la del estudiante parado en la calle, frente a una fila de tanques dispuestos a pasarle sus orugas hasta convertirlo en polvo, “El hombre del tanque”, se hicieron muchas y hoy se vuelven a publicar para recordar.

 

Un año más tarde de la horrible matanza de Tiananmen, en la cárcel de Quincheng, escribía Liu Xiaobo:

 

“…Las gloriosas multitudes han desaparecido poco a poco

cual un río que lenta, progresivamente va secándose

paisaje de dos orillas transformado en piedra

El miedo ha estrangulado cada garganta, cada

temblor ha trazado el humo disipado del nitrato

Solo el acerado casco del verdugo

destella, luminosos destellos”

 

Liu Xiaobo, activista político, crítico literario y escritor, quien se propuso escribir un poema en cada aniversario de esta experiencia de muerte, lo hizo la mayor parte del tiempo en prisión por “incitar la subversión contra el poder del Estado” (“Elegías del 4 de junio”). En el 2008 fue arrestado y condenado a 11 años de cárcel por firmar la Carta 08, que pedía democracia y libertad para China. El 8 de octubre de 2010 ganó el Premio Nóbel mientras estaba en prisión.  Murió el 13 de abril de 2017, como preso político de China.  La misma China a quien no le exigimos respeto al ser humano y a sus derechos en cada tratado comercial que con ella firmamos, porque por delante de la dignidad y el respeto de la vida, está la cansada sociedad del rendimiento contando monedas que siguen entregando los valores humanos al capataz de la ignominia.

 

Otro escritor chino, Liao Yiwu publicó un libro con narraciones de algunos sobrevivientes de la masacre de Beijing, traducido recientemente al inglés (“Bullets and Opium”).  Las historias van desde los discursos que movían gentes a unirse a las vigilias o aportar dinero para mantenerlas hasta los enfrentamientos salvajes con las tropas chinas y la persecución uno a uno de los activistas más prominentes del movimiento espontáneo de estudiantes.  Desde los que no entendieron el movimiento por democratizar al país por métodos pacíficos, hasta los que se sumaron por sus instrumentos no violentos. Historias de los que sobrevivieron, fueron encarcelados y aislados de la sociedad y no pueden olvidar.

 

Nicholas Kristof, un columnista hoy de The New York Times, recuerda cuando fue despertado en las horas tardes de la noche sangrienta de junio de 1989, por una llamada que le decía que, en ese momento, la Armada China invadía Beijing. Fue testigo de la forma salvaje y ciega como los soldados chinos disparaban sus armas automáticas a estudiantes y obreros que se constituyeron en barricada y en cementerio. “Nunca podrás olvidar el haber visto a gente joven, algunos los mejores y más brillantes cerebros de la nación, llenos de pasión e idealismo enfrentarse de pie a las armas y, un instante más tarde, caer sin vida en tierra”, describe Kristof.  Eran millones de ciudadanos que por 7 semanas protestaban por libertad, democracia y contra la corrupción: los tres pecados capitales.

 

El homenaje a aquel pueblo es conmemorar esta luctuosa fecha con el mismo coraje y valor, con la misma dignidad y verdad, sin temor a represalias y sin miedo a recordarlo a los nuevos gobernantes autócratas de aquí y acullá. China y el Partido Comunista, que es decir lo mismo, ha querido borrar la historia, ha querido lavar la sangre de la plaza y las calles aledañas a Tiananmen,  pero las memorias no las ha podido incautar y las viejas prácticas de suprimir a quien opina diferente siguen siendo su marca de producción.  Sus gobernantes supieron vender el bienestar económico sobre la dignidad y encontraron alguna resistencia transitoria, pero han tamizado su salvaje y brutal autocracia con bienestar económico sin libertad y sin democracia.  Sin libertad y sin democracia eso es solo un maquillaje, que se escurre en las horas de la tarde.  Que “la ruta de la seda” no venga a robarnos el paisaje.  3/06/2019

 

 

 

Pedro Vargas
Pedro Vargas
El Dr. Vargas tiene como pasatiempos muy entrañables la lectura y la fotografía. La lectura de biografías, cuento, ensayo, historia y bioética, tema este último que lo lleva a tener una sección en Pediátrica de Panamá, la revista científica de la Sociedad Panameña de Pediatría. El paisaje urbano, el retrato, la Naturaleza son sus temas favoritos. La fotografía es un instrumento para ver la vida, su interés primordial, como dijera Henri Cartier Bresson alguna vez: “La fotografía no es nada, es la vida lo que me interesa a mí.”

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