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La desconfianza pareciera ser el sentimiento, pero, en el fondo del comportamiento social, lo que se percibe es un cierto grado de hostilidad hacia la ciencia y hacia la medicina.

 

Es tal el grado, que un comentario a partir de la observación de la diversidad y hasta yuxtaposición de criterios médicos sobre el manejo clínico del COVID-19, ha puntualizado la razón del “fracaso”, en la difícil y ninguna coincidencia en el manejo de la pandemia, por los médicos.  Específicamente en la contundente confrontación por el uso anecdótico y por el uso experimental de la hidroxicloroquina.

 

Como bien lo ha dicho en estos días Neil W. Schluger[1]: “la saga de la hidroxicloroquina debe servir como una referencia cautelosa sobre la evaluación y promulgación de tratamientos durante situaciones urgentes; COVID-19 no es la primera de estas situaciones ni será, desafortunadamente, la última”. En un asunto recurrente, no se percibe que el ensayo y la clínica se encuentran y se desencuentran, pero que el abandono de probados conceptos sobre lo que es ciencia y lo que es arte en la práctica médica, a quien pone primero en riesgo es al paciente.

 

Lo que es urgente es precisar el diseño del ensayo clínico al punto de poder ofrecer conclusión válida para los diferentes tipos de pacientes, pero con el riesgo siempre de hacer trajes a la medida, que pronto se quedarán estrechos y mal vistos, porque, por ejemplo, dar HCQ a una población prácticamente no enferma en el inicio de la enfermedad, no prueba nada que no sea enfermedad natural.

[1] Schluger NW: The Saga of Hydroxychloroquine and COVID-19: A Cautionary Tale. (Editorial). Ann Intern Med 16 Jul 2020.

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