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La crisis del sistema de salud, desnudada por la enfermedad pandémica que sufrimos, se agrava frente a la confrontación entre los médicos por cómo tratar lo que aún no conocemos bien.  Yo tomo partido, que, ante tal confrontación con la enfermedad altamente contagiosa -porque encontró toda la población mundial sin experiencia inmunológica- es con los resultados de la labor de la ciencia, como saldremos mejor librados.

 

Cuando optamos por dividir la clase médica entre “los que ven pacientes” y “los que ven estudios”, entre los médicos de cabecera y los de laboratorio, entre los clínicos y los científicos, no solo faltamos a la verdad con generalizaciones enfermizas, sino que no reconocemos a quién se le hace daño.  No se le hace daño al médico que estudia e investiga dónde, cómo, cuándo y con qué doblegar al agente infeccioso, sino al paciente, que el “médico que ve pacientes”, trata con dedicación, pero empirismo, con esperanzas, pero sin certezas, y, no pocas veces, con imprudencia.

 

Este es un asunto éticamente inaceptable.

 

 

En enfermedad terminal, no solo hay enfermedad, hay desesperación.  En ese escenario de terror, donde la certidumbre es la muerte inminente, el ser humano se ase de lo que encuentre, no importa qué fuerte o débil sea, y, entre esas cosas: las medicinas aún bajo investigación, con muchos interrogantes sobre eficacia y seguridad, no aprobados sus usos, que se investigan.  Es muy duro y difícil para el clínico ser testigo impotente.  Lo es igualmente para el hombre o mujer de ciencia, que aún o encuentra las respuestas que busca, no pocas veces con urgencia.

 

La controversia ética puede serlo también legal.  No es siquiera que algunas de estas drogas experimentales no puedan accederse bajo rigurosa vigilancia, igual que el rigor de los investigadores y las investigaciones. Si la seguridad está resuelta, ¿lo está su eficacia?  Si la eficacia está resuelta, ¿lo está su seguridad?  Se trata de tener muy claro, dónde y dónde no se está en el momento puntual de la elección o la opción por usarlas.  Se trata de que el paciente conozca todo lo que conoce y desconoce el investigador sobre ese medicamento.  El derecho a optar por drogas bajo investigación no debe convertirse en un asunto populista, como tampoco debe manejarse como un instrumento del disgusto y, ni siquiera de misericordia.

 

Cuando se recurre al “uso por compasión” se abre un espacio muy amplio, que sabemos dónde comienza, pero no dónde termina. Solo recuerdo que el “uso por compasión” exigiría una serie de condiciones, entre las cuales, se tengan pruebas que el paciente está frente a una muerte inminente y cercana, o una muerte temprana si tempranamente no se le trata; se hayan agotado otras avenidas de tratamiento, o, no pueda participar en el ensayo rigurosamente controlado y al azar, que se lleva a cabo con esa droga o medicamento.  Estos pacientes suelen estar más enfermos que los pacientes que conforman el grueso de aquellos bajo estudio.  Donde se ha legislado sobre el “uso por compasión”, la decisión de usar un medicamento bajo esta denominación, recae en la industria que lo produce y que maneja este asunto bajo estricta vigilancia bioética.

 

Hechas estas consideraciones, recuerdo que Covid-19 no es una enfermedad terminal, es una enfermedad con baja letalidad comparada con otras.  Su gran ventaja aniquiladora es el hecho de que no había una sola persona en todo el planeta, que tuviera memoria inmunológica para considerarse sin riesgo alguno de ser infectada por el SARS=CoV-2, y por eso los números de muertos y de infectados, en cientos de miles y millones.

 

 

Al paciente, quien resulta ser beneficiado o lastimado por las decisiones consensuadas o no, controversiales o no, que tiene que tomar el médico, muchas veces sin toda la información, se le debe siempre una respuesta.  Esto no puede soslayarse y, mucho menos, frente a la incertidumbre, a la imprecisión y a la vasta y nunca completa vivencia de la práctica de la Medicina. Si las opiniones médicas son diversas, deben serlo para en la discusión de los interrogantes y de la data, el paciente no sea lastimado.  Es la data y no la opinión, la que señala el camino, aunque no recorrido todo, que se debe andar.  18/08/2020

 

 

 

Pedro Vargas
Pedro Vargas
El Dr. Vargas tiene como pasatiempos muy entrañables la lectura y la fotografía. La lectura de biografías, cuento, ensayo, historia y bioética, tema este último que lo lleva a tener una sección en Pediátrica de Panamá, la revista científica de la Sociedad Panameña de Pediatría. El paisaje urbano, el retrato, la Naturaleza son sus temas favoritos. La fotografía es un instrumento para ver la vida, su interés primordial, como dijera Henri Cartier Bresson alguna vez: “La fotografía no es nada, es la vida lo que me interesa a mí.”

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