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Cada 24 de diciembre, celebro el nacimiento del Jesús terreno, del Jesús de Nazareth, el Jesús histórico. Realmente, poco me he interesado en saber si fue el 24 de diciembre o el 27 de marzo, si una estrella era un planeta o era una alucinación visual, si los colores boreales eran los de la diversidad o los de fenómenos químicos y físicos en la atmósfera. Es un nacimiento que celebro, en una fecha que podría ser cualquiera, porque lo medular de esta celebración es a quién celebro, a Cristo Jesús, reivindicación del amor al prójimo, de la solidaridad humana y la justicia. El Jesús del perdón, la esperanza, la alegría.

Pero no es así siempre ni en todo lugar.

Durante el más duro aislamiento social de la pandemia, duro porque lo tomamos en serio pero nunca pensamos que sería necesario por tanto tiempo, le pregunté a algunos de mis pacientes más pequeños, niños de 5 a 8 años de edad, ¿qué de la pandemia era lo que les gustaba o les había gustado? Niños que por inocentes no es que no nos estén observando a los adultos y cuyas respuestas me conmovieron por su sensibilidad y espontaneidad. Una de ellas y que no podré olvidar nunca fue: “que ahora mis papás pueden estar conmigo más tiempo”. ¿Hemos pensado alguna vez que nuestros hijos perciben nuestras ausencias y alejamientos?

En los últimos tres años también han sido los niños los que, a pesar de su corta edad y el poco crédito que le damos a la coherencia de sus actos y a la certeza de sus observaciones, llegan a mi clínica con sus máscaras faciales puestas, saludan alegres o temerosos y conversan sin quitárselas de sus caras hasta cuando me toca examinarles la boca y las fosas nasales. Apenas termino el examen, ellos mismos se apuran a colocarse nuevamente las máscaras -no tengo ni que aconsejarlo-, con un sentido de responsabilidad y solidaridad que no lucimos los adultos y que también solemos negarle propiedad a los niños. ¡Qué soberbios que somos los adultos!

Ahora, cuando se acerca la fecha del nacimiento de Jesús, he vuelto a preguntar: “¿qué quieres para esta Navidad?” Entre muñecas y carros, triciclos y cocinas de armar, hubo un niño que me dijo: “que pueda ir a la escuela”. Otra, “que todos los niños se vacunen”, “que no tenga que levantarme tan temprano para ir a la escuela”, y hubo uno que me humedeció de rabia los ojos: “que no tenga hambre y que nos llegue el agua”. A estos niños no hay que quitarles la imagen o la idea de Santa Claus ni hay que decirles que son sus padres quienes les hacen regalos o que “el Niño Dios nació en un pesebre”. Mucho menos que esta no es una fiesta de cumpleaños sino una fiesta comercial, que no hay que adornar un árbol o hacer un nacimiento porque no tenemos pinos ni Reyes Magos.

El espectáculo comercial que damos en este mes no es difícil desnudarlo de sus groseras abundancias frente a la pobreza, de la injusta limitación de bienes y de bienestar en vivienda y en salud de nuestra población. A pesar de las luces, de los villancicos, de los colores, de los desfiles y disfraces, ni la promoción de lo que más falta a los niños, no se trae la alegría ni la magia de la época, la esperanza y la sorpresa de los niños, porque la mentira y la hipocresía son imposibles de esconder a los niños ni en la ciudad ni en la montaña ni en la cinta costera o atado a la soga que le guinda para cruzar sobre el río.

Sí, la Navidad es tiempo de creer en la magia, la magia de lo nuevo y excitante, pero la magia la hacemos nosotros o la deshacemos. La Navidad que hacemos muchos hoy día es una donde enseñamos al niño, de donde provenga, que sin dinero no hay Navidad, que el dinero es necesario para ser felices, para lucirlo ostentosamente con propiedades, y que entre más propiedades, más felices somos. Tan lejos nos escondemos del niño que no tiene desayuno para ir a la escuela o no tiene escuela para alimentar su mente y su futuro, que se nos olvida que existe. Ese que camina descalzo trechos de peligro para cruzar un río, para bajar una montaña y volverla a subir, para bordear precipicios, incluso aquel que cruza una calle saltando huecos y aceras despreciables, como el que anda los riscos en nuestras comarcas abandonadas, lastimándose o expuesto a que lo lastimen. Nos olvidamos del niño que descubre en los rostros de su padre y de su madre el dolor y la preocupación por no poder darle una sorpresa o un regalo para esta Navidad, ni siquiera uno de los que le inundaron sus pupilas de asombro y deseos desde las páginas de un periódico tirado en la calle, o algún alimento y algo de ropa para todo el año.

Nos olvidamos del niño enfermo que no llega al hospital sino muerto, porque no hay caminos ni transporte o porque no hay personal de salud que lo reciba a cualquier hora y día; que se muere de frío y neumonía en una choza sin techo donde el aguacero no suena sino que destruye y que, desde su infancia, pierde privacidad y honra en los tugurios donde crece, mientras aprende a vivir con delincuentes enseñoreados por resultado s numéricos manoseados y promesas falsas, que la impunidad protege. Quizá recordemos los saltos de alegría y juego, los gritos de encanto y sorpresa, los apuros por montar el triciclo o la bicicleta o salir a jugar con los nuevos juguetes de las navidades de nuestra infancia y nos invada cierta pena por aquellos niños que no conocimos en las mismas fechas, jugando satisfechos con las cajas y cajetas de nuestros regalos, encontrados entre las basuras del día siguiente.

No me propongo aguarle la fiesta y la alegría a algunos adultos, solo llamar la atención de que la fiesta se apaga con el desapego a la condición de las otras personas -conocidas y desconocidas- y el exhibicionismo de riquezas que se le restriegan a todos en la cara, como si ese valor es el duradero y el ético, cuando no es cristiano y no honra la vida del Jesús cuyo nacimiento celebramos. ¿Pensaste acaso regalar ropa y comida en esta Navidad a quienes no tienen? No tienes que ir al confín del mundo a buscarlos: están en tu barrio, son tus vecinos o los vecinos de tus vecinos.

Publicado por el diario La Prensa, de Panamá, el 16 de diciembre de 2022

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