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Este es el título de un libro del teólogo y sacerdote católico Hans Küng. En mi última entrega mencioné tres situaciones ignominiosas por la falta de respeto que sufren no pocos pacientes en los hospitales nacionales. Decía entonces que sufrimiento no es solo físico, sino que va más allá de lo corporal. Puntualizaba lo que otros han señalado también: la soledad, la humillación y la discriminación, como causas de este sufrimiento. Nada de esto conduce a una muerte feliz, como tampoco representa “el respeto profundo frente a toda vida”.

Esto viene al caso cuando nos preguntamos, ¿qué es una vida digna?, ¿qué es una muerte digna?, ¿qué es dignidad humana?, ¿qué define muerte, la del corazón o la del cerebro?, ¿qué respeto se le debe a la vida?, ¿qué es una persona, la morfología o la función cognitiva? Y, naturalmente, son consideraciones y preguntas cuando abordamos la eutanasia.

Tratar de conversar sobre temas tan controversiales es difícil. Por ejemplo, derechos reproductivos de la mujer, contraconcepción, aborto, úteros de alquiler, selección de sexo antes de implantación, niños de tres padres, terapias experimentales propuestas como innovadoras, explotación de la esperanza con intervenciones no probadas como las de células madre, suicidio asistido, objeción de conciencia y eutanasia. Difícil, porque en el intercambio de ideas o emociones, el ruido obscurece el raciocinio y las emociones se trasforman en ruido iracundo.

A riesgo de que me cuezan en una hoguera, traigo la leña seca y el kerosene. Hans Küng confiesa que este asunto de la muerte digna, lo mantuvo a él rondando por mucho tiempo. Entre el sufrimiento de la vida de su hermano Georg con un tumor cerebral que lo llevo a la muerte por asfixia y el “vegetando por la vida con demencia” de su amigo Walter Jens. La elocuencia de la vivencia personal trazada en sus escritos sobre “un tránsito autorresponsable hacia la muerte”, también le cobraron advertencias severas de autoridades eclesiásticas y amigos. Para otros, la muerte digna es un eufemismo.

Para un hombre de fe, dice Küng, arraigarse a la vida terrenal sería no creer en una vida posterior. Sería no querer desprenderse de lo que se tiene, mientras la enfermedad produce cambios irreversibles, una vida reducida a un estado vegetativo, o formas de demencias degenerativas. En ese estado, él lo dice, no quiere esperar que sus funciones cardíacas duren mientras las cerebrales se han ido deteriorando al nivel de perderlas todas. Antes de llegar allí quiere tener la autonomía para decidir cómo y cuándo morir. Esa sería su forma digna de morir, siendo “plenamente un ser humano y sin estar reducido a una existencia vegetativa”. No hace una recomendación para otros.

Morir “es una certeza que ninguna ley, ninguna institución política y ninguna cultura puede prevenir” y es un derecho cómo morir, dónde morir, cuándo morir. Matar no es un derecho, pero cuando yo decido para mí cómo morir o cuándo morir por enfermedad incurable o una ignominiosa, es decir, una que destruye mi capacidad mental para procesar mi alrededor, mis experiencias y mis sentidos, para aprender y comprender, estoy haciendo uso de mi libertad y mi autonomía, antes de perderlas totalmente, para respetar y que se respete mi voluntad. ¿Por qué otro u otros tienen el derecho que me niegan a mí, si mi voluntad ha sido en el pleno uso de mis facultades frente a una enfermedad que destruye lo que me diferencia de los animales y me convertirá como uno de ellos? No estoy matando, quiero tener el mejor momento para morir, tener una muerte feliz, rodeado de quienes siempre me han querido y siempre he querido, lo dice Küng. Me opongo, sí, a que se espere completar el ciclo que define en todos sus detalles mi enfermedad, desde su inicio hasta que me convierte en una piltrafa humana y, peor, que se utilicen medios extraordinarios para mantenerme vivo y prolongar mi agonía con la frialdad de la ciencia deshumanizada. Eso no es eutanasia.

Yo creo en la responsabilidad del individuo sobre su vida y su muerte. ¿Por qué solo sobre su vida -como se lo pregunta Küng- y no sobre su muerte? El modo y el momento de morir es una selección personal, responsable, que no tiene que ser consultada sino con uno mismo. Eso no quiere decir que una voluntad anticipada no sufra cambios frente a la muerte inminente, pero cada individuo tiene el derecho a que se le respete su decisión última. Como lo dijo Küng, “morir feliz no significa morir sin nostalgia y sin dolor por la despedida”, sino con plena satisfacción de haber cumplido, estar en paz con uno mismo y en gratitud plena. Nos recuerda del Antiguo Testamento, la frase lapidaria: “hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir”.

No hay que ser médico para constatar que la tecnología ha permitido lo que algunos llaman “jugar a Dios”: o se detienen funciones vitales como la cardiovascular para alcanzar el paro cardíaco y declarar muerto al paciente, o se prolonga innecesaria y hasta morbosamente la vida del enfermo moribundo o sin sentido de vida digna para satisfacer a unos o a otros, no así al enfermo. Tampoco debe ser difícil reconocer que la tecnología y la ciencia se han concentrado tanto en vencer la enfermedad y la muerte, que se han olvidado del hombre. Ese humanitarismo que debe enseñarse durante la educación médica para crear una cultura humanista que alivia y da esperanzas al enfermo, sin explotar la esperanza. La explotación de la esperanza nos hace a todos, más vulnerables.

Publicado en el diario La Prensa, de Panamá, el 16 de septiembre de 2022

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