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En la práctica de la medicina -y cabe 1,000 veces para la pediatría- la prudencia y la observación rinden los mejores resultados a la hora de, no solo hacer un diagnóstico correcto sino también, tomar otras decisiones.  Para muchos padres, y ahora me refiero a la pediatría, la observación prudente y alerta del niño enfermo no es una decisión médica.  Allí comienza el equívoco al evaluar la forma como cada médico o cada pediatra ejerce su práctica según la condición que aqueja al paciente, porque decidir observar sin agresividad innecesaria sí es una decisión médica, como lo es intervenir con rapidez y habilidad, para otras condiciones.

No se cura más rápido quien recibe un chorro de medicinas antes de terminar la historia clínica y el examen médico, como ocurre, sin infrecuencia, con las consultas telefónicas, por ejemplo, o incluso en el consultorio. Pero también, hay padres más satisfechos con la bolsa de medicinas que con la bolsa de educación sobre lo que aqueja a su hijo.  Si no hay un conocimiento sobre lo que transcurre, es muy difícil que se siga el consejo médico.  Cuando no es así, cuando la prisa es traída del cansancio o el apuro lo trae, no se puede ocultar el rostro de impaciencia del padre o la madre frente a las explicaciones, y, tarde o temprano, la conducta apurada, que se busca en otras consultas, tampoco va a durar mucho tiempo.

Toda enfermedad tiene un «curso natural» que lo aprendemos durante los largos y bien aprovechados años de estudio y lo comprobamos en el ejercicio juicioso y con enseñanzas de la práctica de muchos años.  Si bien es cierto que el médico recién graduado, y yo lo fui, viene cargado de entusiasmo, también viene vacío de experiencias adquiridas ya no en el ambiente hospitalario de su formación dirigida y sin cordón umbilical.  Para aprender de su práctica debe tener educación suficiente para conocer cómo se adquiere y se muele la experiencia, que no es solo con la suma de los años, pero ¡cómo son de importante los años del ejercicio médico bien administrados!  Sus profesores, mayores de edad y muy queridos y respetados, ya no están a su lado para contestar preguntas o sugerir manejos, ahora se deben ir ganando con inteligencia. Por solo ser recién graduados, no es que tenemos conocimientos nuevos, pero bien tontos hemos sido, si no aprovechamos para adquirirlos.  En ello le insisto a los estudiantes de medicina que rotan conmigo en la consulta privada de la pediatría.  Por el otro lado, el médico «passé«, passé de pasado, si le sigue honrando su compromiso y amor con la medicina, nunca estará pasado, siempre estará actualizándose y sirviendo bien.

Cuando se conoce la historia de la enfermedad, su origen, su curso y duración, el tratamiento o su manejo es un tiro puntual, no uno en escopeta.  Se puede «predecir» («Ud. es un adivino») qué ocurrirá en las siguientes horas o días y esto puede o no traer alivio a los padres del niño enfermo.  No trae alivio cuando los padres rehusan oír noticias indeseables o desagradables, que les producen más ansiedad, o cuando el pronóstico falla por algunas horas o incluso días, aunque el curso de la enfermedad, su historia natural, sigue igual, como se les planteó.  No olvidemos que la medicina es una ciencia incierta: «es muy fácil tomar decisiones perfectas con información perfecta. La Medicina nos exige tomar decisiones perfectas con información imperfecta», nos recuerda en esa joya de libro, «Las leyes de la Medicina«, Siddhartha Mukherjee.

«El apuro trae cansancio» cuando interrumpimos la metodología probada para alcanzar la salud o para recuperarla.  Y, observar con prudencia no es un asunto de viejos sino de sabios, lo saben los abuelos. No se es mejor médico por ser joven o ser viejo, sino por ser responsable para servir bien y con compromiso científico y humanista.

 

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